La Huerta de Montecarmelo es un vergel dentro de la ciudad. Es un proyecto de huertos urbanos cuidados por su personal “Keeper”. –Personas con discapacidad intelectual que están al servicio de cualquier persona que quiera tener un huerto en la ciudad–. Lanzado por una emprendedora social, Sandra Carretié, y después de algún otro intento consiguió materializarlo en La Fundación Carmen Pardo-Valcarce.

 

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Por casualidad los conocí, me llevó mi amiga Bea para informarse de unos campamentos de verano. Fué en ese instante cuando decidí alquilarme uno y participar de manera activa de aquel proyecto tan bien pensado.

Son unos 200 huertos –han ido ampliando con los años– con instalación de agua por goteo, bancales preparados para el cultivo, asesoramiento técnico incluido, herramientas, semillas, plantones, abonos y tratamientos para cada temporada. El coste es de 165 euros anuales y 71,50 mensuales mas 20 euros de aportación a la Fundación. La cuota mensual es un poco más cara que un gimnasio o unas clases de inglés aunque os aseguro que el bienestar de tener tu huerto es poco o nada comparable a cualquier actividad. Es sinónimo de concentración y relajación.

Cuando voy a mi huerto, se para el tiempo. Me pongo con la tierra y cuando termino no sé si han pasado 2 o 3 horas. De vuelta a casa me siento satisfecha, olvidándome del resto. ¿Es posible que algo así pueda existir tan cerca de nuestra súper urbe, Madrid, que este tan alejado del ruido, la actividad continua y el no parar de tantos?

La tierra tan alejada de las ciudades nos da mucho más de lo que le entregamos. Es muy agradecida y sabia. Nos alimenta y durante siglos nos ha dado trabajo.

Otro aspecto importante es que como más saludable. He vuelto a saborear las verdura. De la temporada de invierno: las acelgas tienen un sabor que había olvidado, tal y como me dijo mi primo cuando las cató: “las hojas son gruesas, carnosas, como si de una piel o un cuero muy fino se tratase; a la vez más dulces y amargas –una combinación sorprendente– que las acelgas normales” . La lechuga pasó a mejor vida en mi casa –no se compraba para nada-, ahora nos encanta y la escarola nos la comemos como si fuéramos herbívoros: la devoramos.

Me gusta ir por la mañana, cuando menos personas van y los chavales que nos atienden (personal Keeper) están tranquilos y a disposición de quien les pregunte. Disfruto hablando con ellos, me siento tranquila y a gusto. Me pregunto si ellos están mejor con la inclusión total o entre los suyos. Creo que lo mejor es una posición intermedia: estar con los suyos rodeados de quien saben que no les van a dañar y al mismo tiempo dotarles de una autonomía que les de libertad y autoestima. Que se responsabilicen e involucren en el proyecto y esto les proporcione satisfacción (igual que nos ocurre al resto).

 

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La huerta de Montecarmenlo ha sido un regalo en este pasado 2015 donde la tierra me ha nutrido de una manera muy especial, un privilegio que llegó a tiempo, algo que compartí con mi hijo y que alimentó mi espíritu de forma increíble. Apareció tan silenciosa como es ella en su forma y contenido. Las flores de primavera y verano llenaron mi casa, la de mis amigos y familiares.