¿Por qué arranco el año con India? Porque ha sido mi viaje más impactante en años, porque tenía la necesidad de contar y no recién aterrizada, sino cuando ha pasado tiempo y me doy cuenta de lo que ha quedado.

 

Mi llegada a India fue por Calcuta. Difícil llamar a las cosas por su nombre cuando vienen cargadas con tanta dureza y destemplanza. Queriendo ser honesta, la palabra que me venía a la mente era fealdad. Sin hacerlo aposta, dejé de oler y además es posible que haya sido la primera vez que enfocar dejó de tener sentido: yo que me fijo en todos los detalles, en las pequeñas cosas, en qué cada gesto tiene un significado, allí se me nubló la vista. Mirar a bulto, fue mi primer aprendizaje. Cuando ya pude contemplar de verdad disfruté de las costumbres de estos calcutenses: sus cafés de pie en cada esquina siempre en los mismos grupos, las mismas posturas y siempre mucha gente de un lado a otro cargados; y a veces no disfrutaba tanto: viendo a los famosos rickshaws, hombres caballo, el debate sobre cogerlos y con ello que puedan mantener un día más su negocio familiar (más habiendo leído La ciudad de la alegría) o no y así no subvencionar un negocio tan inhumano como desprotegido.

 

 

Finalmente no dormimos en la Pensión María que era la que teníamos prevista. Conocida como lo más cutre allí, donde las ratas, almohadas grises y sucias son el paisaje. De nuevo otro debate: dormir en uno de estos hostales míseros de la ciudad, vivir como la mayoría allí y practicar lo conocido como turismo oscuro, ¿esto no es una pose del turista que presume, de yo que sé, a través de sus fotos? ¿No será mejor ir a una dirigida por personas que están intentando mejorar las condiciones locales, que está más limpia y es más digna?

En Calcuta viví en un continuo debate. Nada me dejaba tranquila, todo me lo cuestionaba. No diré que esta ciudad me ha cambiado, porque no es así, lo que si se repite en mi cabeza sin saber muy bien porqué es: “si no hay necesidad por qué hacerlo y si hay ¿por qué me lo pregunto?”.

Esta frase tiene mucho que ver con “aceptación” versus “alegría”. “¡Los indios son felices aunque no tienen casi nada!”. No sé, dudo mucho que no tener que dar de comer a tus hijos te de para sonreír un rato. Para mi su idea de aceptación y la vivencia con ella me genera admiración y me sirve de aprendizaje. Sin embargo esta frase si la reconozco en ellos: “deseo que puedas aceptar que hay realidades que no se pueden mejorar y que hay batallas imposibles de ganar por las que no vale la pena luchar”. Si alegría es la aceptación de que todo lo que la vida nos trae es bienvenido, estoy de acuerdo.

 

 

Me sorprendieron muchos signos de este país haciendo intentos en mejorar su impacto negativo hacia el medioambiental. En la estación de Jaipur, en el tablón de salidas y llegadas se intercambiaban los horarios con imágenes de plásticos inundando los ríos y mares, ¿por qué no copiamos esta iniciativa?, ¿a nadie se le ha ocurrido?, ¡ejem, ejem! Sabemos que llevamos un retraso en la reducción de bolsas de plásticos según la directiva dictada por el Parlamento Europeo en este 2017 y no tomamos ninguna medidas.

 

 

Siguiendo con temas de funcionamiento del país. ¿Por qué las empresas prefieren instalarse en India que en China? Tres motivos hacen a este país mucho más atractivo que el del Rio Amarillo.

  • La población habla inglés, al ser un colonia inglesa hasta 1947, la mayoría de personas hablan o chapurrean el inglés.
  • El porcentaje de población menor de 24 años es de 45%, en España no llega al 25%. Un país joven, es un país que puede adaptarse antes los cambios, que tiene un crecimiento más rápido y esto para India es muy positivo. Un enorme potencial de trabajadores -si nos ceñimos al ámbito laboral se aseguran la aportación de ingresos a los sistemas tributarios del país.  Más potencial humano, creatividad ligada a la juventud, bajos gastos sanitarios y de pensiones…
  • Es un país con muchas menos restricciones que China a la hora de invertir. A la vez es mucho más abierta a los flujos foráneos.

 

Tan duro fue mi primer día en Calcuta como bonito el último en Bombay. Junto a mis compañeros de viaje, nos pusimos el reto de llevar a cabo una acción para que India se acordara de nosotros, un poco raro si, con mucho humor y mucho agradecimiento, ¡así somos!. Decidimos agradecer en grande todo aquello que habíamos aprendido, en mi caso esto fue lo que transmití a cada uno de los indios que me cruzaba en la Puerta de India entregándoles unas florecillas pequeñas.

  1. Agradecí todo lo que me dio un niño de cinco años. Después de dos días en Calcuta, me notaba cada vez más baja de energía y gracias a la compañía de Ranjit en un orfanato de Casa Madre Teresa, conecté con mi parte más maternal y femenina, y desde ahí me di cuenta de lo que me faltaba, de lo que no estaba poniendo. Gracias a él pude reponerme de tanto cansancio y resistencias a lo que estaba viviendo.
  2. Agradecí conocer de verdad lo que es la aceptación. En occidente estamos tan faltos de aceptar y de asumir que hay batallas que no merece la pena pelear. Cada rato vivido trae una enseñanza, solo hay que saber mirarlos de frente.
  3. Agradecí por todos esos momentos compartidos con ellos en los que me contaron como viven y como deciden vivir lo que viven.
  4. Agradecí porque me hicieron ver que soy muy afortunada.
  5. Agradecí su manera de tratarme, por aceptarme aunque me cuesta entenderlos a veces.

Todo esto lo hicimos con unas pancartas enormes en la Puerta de la India.

 

 

Espero volver pronto a este país que me me hizo ver que me gustaba viajar de nuevo. Deseo ver cómo  crece diferente a China y a otros que hemos visto hasta ahora en Oriente –algo ingenuo, seguramente, pero es mi anhelo– . También tengo gran curiosidad de ver a todos los emprendedores sociales arrancar proyectos necesarios con gente maravillosa.